Ese pequeño prejuicio que todos guardamos dentro

25 Mar, 2015 |

El prejuicio, por mucho que nos cueste reconocerlo, es parte de quienes somos. Todos, en algún punto, tenemos alguna idea preconcebida -errada o no- sobre algo o alguien, y si bien estamos convencidos que nuestras decisiones son racionales, la mayoría de las decisiones que hacemos los seres humanos están compuestas de una gran dosis de emocionalidad.

Estamos seteados para alertarnos sobre lo que nos parece una amenaza o se siente “peligroso”, y muchas veces la diversidad, al representar un terreno desconocido, puede fácilmente caer en esa categoría.  Si estuviéramos hablando de defensa o supervivencia, quizás esta actitud podría ayudarnos, pero cuando nos referimos a un ambiente laboral, la verdad es que no hace más que restarnos la posibilidad de conocer diversas realidades y visiones que nos pueden aportar mucho en la vida.

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Sin dejar de lado que existen personas  que están rodeadas de prejuicios negativos, es importante ver cómo manejamos los propios. Podemos sentirnos muy inclusivos, pero siempre en el fondo de la cabeza guardamos ciertos atributos para ciertos grupos de personas. ¿Cómo podemos resetear nuestras propias subjetividades? No es fácil, pero al menos reconocer que existen es un excelente primer paso.

Nuestro inconsciente automáticamente clasifica a la gente en grupos, y es aquí donde nuestros prejuicios nos traicionan. Si nos vemos -de manera inconsciente- tentados de etiquetar a otros con ideas preconcebidas, detengámonos por un momento y pensemos de dónde viene ese pensamiento, ya que muchas veces al racionalizarlo nos daremos cuenta que tampoco sabemos bien en qué se sustenta ese prejuicio. ¿La televisión, las revistas, las noticias? Debemos entender que, en su gran mayoría, las historias que aparecen ahí sobre grupos, razas o nacionalidades están ahí por lo que son, una noticia y no un standard de conducta. No nos quedemos con lo específico, siempre pensemos en lo general.

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Siempre, siempre enfoquemos nuestra conducta en ser respetuosos y equitativos con el resto, sin caer en la dañina actitud de discriminar o elevar a otros al armarnos una imagen predefinida de cómo “deben ser” de acuerdo a su origen. El mundo está compuesto de millones de individualidades diferentes, y si bien hay cosas que son comunes a sociedades o nacionalidades -tales como un idioma, un color de piel o la religión- eso no significa en absoluto que los rasgos de personalidad, las capacidades o incluso las creencias sean motivos suficientes para atribuirlas a todos quienes las componen. Al final, todos somos producto de una historia que es tan única e individual como nuestras huellas digitales.

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